La predicación del evangelio original de Cristo, que es el reino de Dios, el cual Jesús restaurará en la tierra en su segunda venida en gloria. Este reino divino traerá, por fin, la paz y la justicia verdadera a este planeta decadente y moribundo.
Por Ing° Mario A Olcese (Apologista)
Uno de los problemas que tienen los creyentes es poder dilucidar si una promesa bíblica es para la vida presente o la futura. Por ejemplo, el mandamiento de honrar padre y madre tiene la siguiente promesa: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da” (Éxodo 20:12). Aquí se nos dice que los que saben honrar a sus padres tendrán una vida longeva en la tierra. También Deuteronomio dice: “Honra a tu padre y a tu madre, como Jehová tu Dios te ha mandado, para que sean prolongados tus días, y para que te vaya bien sobre la tierra que Jehová tu Dios te da” (5:16). En este pasaje se añade la promesa de que nos irá bien en la tierra si honramos padre y madre. Así que la honra a los padres trae longevidad y una buena vida. Sin embargo, nos sentimos confundidos cuando nos enteramos que muchos buenos hijos mueren a temprana edad, o sufren una vida de carencias y limitaciones, mientras que los impíos prosperan. ¿Cómo puede ser posible esto?¿Se ha equivocado el Señor?¿No será más bien que Jesús está hablando de la vida futura, cuando en realidad recibamos la vida eterna que la “tenemos” ahora únicamente por fe? (Ver Lucas 18:30).
En otra ocasión Jesús dice que “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Sin embargo, también es cierto que él dijo: “En el mundo tendréis aflicción…” (Juan 16:33) y también Jesús dice: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34). Cómo podría entonces alguno tener una vida abundante en medio de las aflicciones y la espada? ¿Podría alguien vivir “en abundancia” sabiendo que sus propios padres, hermanos o hijos están siendo perseguidos, torturados y asesinados? ¿No será más bien una promesa del Señor para la vida futura, cuando todas las cosas adversas hayan pasado? (Sal. 37:11, Apo. 21:4)
En otro momento Jesús dice: “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:28). Sin embargo, millones de cristianos mueren cada año por diferentes causas (algunos de manera trágica y cruel) y son sepultados sin haber visto realizada esta promesa de no morir jamás. ¿Es que nuestro Señor se equivocó? ¿Cómo puede alguien que tiene la vida eterna, morir? Y lo más sorprendente aún es que nuestro Señor dice un poco antes: “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:40). Me pregunto: ¿No parecen contradictorias estas palabras? ¿Cómo es posible que alguien que ya “tiene” la vida eterna por la fe en Cristo, necesite ser resucitado en el día postrero? Estos textos mencionados pueden inquietar y dejar perplejos a muchos cuando se toman al pie de la letra, sin entender el trasfondo del mensaje. A mí me parece que aquí Jesús habla de que el creyente ya tiene la vida eterna como una promesa segura. Es como decir que yo tengo un testamento en dónde se me conceden todos los bienes de mi padre. Tengo la fortuna de mi padre, pero no la recibo mientras mi padre vive, sino cuando fallece. En el caso de la vida eterna, ésta es parte del testamento que nos dejó el Señor para recibirla en nuestra resurrección, cuando nuestros cuerpos mortales sean revestidos de inmortalidad.
En otro pasaje Jesús nos aclara algo el punto cuando dice: “Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:26). Es decir, Jesús no está diciendo que el que cree en él no morirá, sino más bien que aquel que cree en él “jamás morirá eternamente”. En pocas palabras, el creyente morirá, pero no para siempre, pues resucitará en inmortalidad.
En Colosenses 1:13 Pablo dice: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo”. Este texto causa mucha controversia y confusión entre los cristianos. Aquí tenemos que Pablo afirma que ya hemos sido trasladados al reino de Cristo. ¿Pero cómo puede ser esto posible si el mismo Pablo les dice a los Corintios que: “carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Cor. 15:50)? Este es otro ejemplo de cómo los estudiantes de la Biblia fallan al interpretar las Escrituras apropiadamente. Cualquiera que leyera al apóstol Pablo podría pensar que estaba confundido o que se estaba contradiciendo. Por esta confusión muchos creyentes que no entienden a Pablo sostienen que ya estamos en el reino, y que no es necesario esperarlo para la parusía. Estos son los amilenialistas, los que no creen en el reinado literal, futuro y milenario de Cristo. Estos hermanos no entienden que nuestro traslado al reino es sólo por fe, al haber sido rescatados de las tinieblas por Dios. En buena cuenta, si bien no estamos en el reino aún, para Dios ya hemos sido trasladados al reino de su amado Hijo por la fe. A la vista de Dios ya estamos inscritos en el libro de la vida, pero debemos perseverar para que Él no nos borre nuestros nombres de ese libro. Tenemos una promesa de pago que se hará efectivo cuando Cristo regrese en persona y diga a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34). Debemos comprender el estilo literario de Pablo, quien “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17). Por ejemplo, a los Efesios él les dice: “y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (2:6). Sin duda, nada de esto es verdad ahora, pero sí para Dios. Si los creyentes entendieran esto, se evitarían tantos debates innecesarios sobre algo tan simple.
Otro pasaje para meditar es el de Mateo 6:33. Aquí Jesús nos dice lo siguiente: “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:31-33). Acá nos enfrentamos con una promesa que debe ser revaluada a la luz de otros pasajes de la Biblia. ¿Es que nada de bebidas, vestido, y comida nos faltará si buscamos el reino de Dios primero? ¿Quiere decir que todo buscador del reino no pasará nunca hambre, frío o sed en esta vida? Muchos piensan que la promesa está garantizada para esta vida y que jamás padeceremos necesidades materiales por poner el reino primero. ¿Pero qué diremos de Pablo, un gran buscador y difusor del reino que tuvo que pasar por serias carencias? He aquí sus palabras dirigidas a los Filipenses: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad” (Ver Filipenses 4:12). A los Corintios les dijo: “en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Corintios 11:26,27). Es evidente que Pablo, que predicaba con ahínco a Cristo y el reino de Dios (Hechos 19:8), no se descorazonó al tener que padecer dolores, hambre, frío, y desnudez. ¡Todo lo contrario de lo que se esperaría que él recibiera por poner el reino de Dios y su justicia primero! Por otro lado, Jesús también dijo: “Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros…” (ver Juan 12:8). Esto significa que siempre habrán cristianos pobres en las iglesias, los cuales seguramente padecerán mucha carestía y necesidad, y para quienes estamos impelidos a atender con amor a fin de proveerles para sus necesidades. Ciertamente una tarea que recae sobre los otros creyentes más pudientes y que deben dar de buena gana, voluntariamente, y no por obligación.
Creo que las palabras de Jesús en Mateo 6:33 tienen también una dimensión espiritual aparte de la material. Por ejemplo, en Juan 6:35 Jesús dice: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”. Para una mente carnal las palabras de Cristo aquí resuenan como a una provisión interminable de comida y bebida para los fieles. Sin embargo, para el hombre espiritual, no le es difícil percibir que acá Jesús no está prometiendo una interminable provisión de comida y bebida material, sino un “abastecimiento” de alimento y bebida espirituales que alimentan el espíritu. Y esta provisión sí que es permanente para todo aquel que busca al Señor y su reino, a pesar de todas las penurias que esté padeciendo en esta vida.
Otro pasaje que ha sido torcido es Juan 10:9, que dice: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos”. Aquí Jesús afirma que él es la puerta de salvación y que todo aquel que por él pasa, es decir, que se hace parte de Cristo, será salvo. Nótese que Jesús dice que será salvo—¿pero cuándo? ¿Inmediatamente? ¿Después de su bautismo? ¿En la parusía? Para muchos, el solo hecho de entrar por Cristo (la puerta de salvación) los hace dignos de obtener la salvación para nunca más perderla. Pero esto no es lo que Cristo enseña. La salvación no es PRESENTE sino escatológica, para cuando Cristo venga. No obstante, todo cristiano que anda en santidad y rumbo a la perfección permanece escrito en el libro de la vida, pero debe perseverar para que no le sea borrado su nombre. La salvación es un proceso, es una tarea y una carrera que debemos terminar sin desmayar. Pablo es enfático al decirnos: “Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente. El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero” (2 Tim. 2:5,6). Por eso Pedro también es enfático al sostener que Cristo vendrá justamente para salvar a los que le esperan, a los que están pendientes, despiertos y atentos a su venida: “que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5). Y Pablo es de la misma persuasión cuando reafirma: “y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Heb. 9:28). De modo que cuando leemos la Biblia con coherencia podremos descubrir el correcto sentido de muchas declaraciones de Cristo.