La predicación del evangelio original de Cristo, que es el reino de Dios, el cual Jesús restaurará en la tierra en su segunda venida en gloria. Este reino divino traerá, por fin, la paz y la justicia verdadera a este planeta decadente y moribundo.
Por Ingº Mario A Olcese (Apologista)
El Dios de este mundo
El apóstol Pablo presenta al diablo como “el dios de este mundo” o de esta era maligna (2 Cor. 4:4), y Juan afirma que todo el mundo yace bajo el poder del maligno (1 Juan 5:19). Esto quiere decir que el diablo tiene injerencia en este mundo, y de muchas maneras él lo dirige con la participación de sus ángeles y hombres impíos que le han “vendido sus almas”.
Realmente el diablo es un personaje central y maquiavélico en este mundo malo que tiene millones de adoradores y servidores a los cuales ha encumbrado a su diestra, dándoles participación activa en su reino de maldad. Este malévolo ser y sus seguidores impíos han traído las desgracias y las injusticias a nuestro mundo, sembrando las discordias y diferencias entre los hombres, e incitando a las guerras entre hermanos y pueblos.
Jesús acusó a los judíos impíos de que ellos eran hijos del diablo, porque los deseos de este ser oscuro estaban cumpliendo o llevando a cabo, ya sea mintiendo o matando (Juan 8:44). Sí, muchos hombres que están en contra de Dios y en contra Cristo están simplemente haciendo la voluntad del diablo, y por supuesto que no se dan cuenta de ello, porque este malévolo personaje los ha engañado, encegueciéndolos por completo.
Jesucristo ha venido al mundo con el propósito de liberar a estos hombres cautivos y ciegos por el mal por medio de la luz que emana del evangelio de su gloria venidera, que es su reino. Es decir, Jesús ha venido para que Dios nos traslade de las tinieblas a su reino de luz por la fe y la conversión (Col. 1:13).
Satánas y Cristo en pugna
Podemos decir que hay dos reinos en pugna: el reino del diablo y el reino de Cristo. El anuncio del evangelio del reino de Cristo es un anuncio liberador, regenerador y salvador por el cual las personas pueden refugiarse como la esperanza para la gloria eterna. Es la luz que ilumina a la humanidad, el evangelio de la gloria venidera de Cristo, que traerá la paz y la justicia verdaderas a nuestro mundo enfermo y decadente. Pero para participar de este reino de luz y de vida es necesario “nacer de nuevo”, es decir, es menester que nos convirtamos en “nuevas criaturas”, en “hombres nuevos”, hechos a la semejanza del Cristo. Se requiere un arrepentimiento sincero y una transformación mental radical, tal como ocurrió con Pablo en el camino a Damasco. Se necesita tomar conciencia de lo errados que estábamos en nuestra antigua vida contaminada por los pecados y la rebeldía, y admitir que sin Dios no somos nada, sólo parias o bastardos.
El Reino del diablo es el reino del engaño, de la ilusión, y de la decepción; pero el reino de Cristo es el reino de la paz, de la gloria, de la salvación, y de la vida perdurable. Hoy estamos llamados a escoger a cuál reino queremos pertenecer, si al reino de la muerte, o al reino de la vida y la felicidad. ¿Queremos ahora reinar con el diablo, disfrutando de los bienes presentes que no son duraderos, o queremos reinar con Cristo, participando hoy de los bienes venideros por la fe? Hoy, muchos hombres han optado por rechazar los placeres que este mundo brinda, para poner sus ojos al cielo y a sus tesoros eternos. Ellos sabiamente han dejado de fijarse en este mundo pasajero y se han decidido a oír a Dios y a creer en sus promesas imperecederas del futuro.
“Comamos y bebamos”
Lastimosamente, los más de los hombres creen que sólo existe esta vida, y que después de morir simplemente dejarán de existir. Así que ellos han decidido sacarle el juego a la vida, al máximo, disfrutando de todos los placeres que las riquezas les puedan otorgar. Ellos dicen: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”. Estos individuos suponen que la dicha del hombre está en la abundancia de bienes que poseen, cuando en realidad es un engaño total, ya que “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Definitivamente el diablo busca siempre seducirnos con sus propagandas engañosas, con sus mensajes subliminales en los avisos comerciales que promueven el consumo y la adquisición de riquezas, así como el logro de reconocimiento y fama en el mundo. Definitivamente el reino del diablo es claramente el reino de la decepción y de la alienación más cruel y despiadada. Y la historia nos enseña que muchos grandes hombres que lograron fama, reconocimiento y fortuna, fueron los más desdichados de la tierra, pues terminaron abrumados de dolores y desengaños que los llevaron a la desesperación, al consumo de drogas y alcohol, y finalmente a la autodestrucción.
Ricos para el mundo mas no para con Dios
Haciendo un poco de memoria: ¿Acaso nos olvidaremos de la vida aciaga de Elvis Presley, o de Michael Jackson, con todos sus millones de dólares y pasmosas excentricidades? Preguntémosles a los afamados actores de cine que poseen cientos de millones de dólares en sus cuentas bancarias si en realidad son felices, o si se sienten en paz consigo mismos, y nos sorprenderemos al descubrir que muy pocos confesarán que son realmente felices.
Jesús nos llama a buscar el reino de Dios y su justicia primero, y todas las demás cosas vendrán por añadidura (Mateo 6:33). Debemos entender que las cosas materiales no deben ser el principal objetivo de nuestras vidas, sino el reino de Dios. Debemos trabajar para ganar el reino de Dios, para poder entrar en él, y recibir la vida eterna con Jesús y todos los salvos. Eso no quiere decir que descuidemos el trabajo seglar, pues “quien no trabaja, que tampoco coma”. Es necesario, sin embargo, dar prioridades a nuestra existencia, y la prioridad es el reino de Dios y no las riquezas materiales perecederas.
El Diablo no quiere que nos pongamos de lado de Cristo y de su reino, y de hecho él quiere destruir a los creyentes con los deseos de los ojos. El anhela que el reino de Dios no se establezca en la tierra, y por eso está como león rugiente buscando a quien devorar, especialmente a los hijos del reino (1 Pedro 5:8). El sabe que el reino de Cristo es el fin de su reinado y el comienzo de una nueva era de justicia y paz. Por otro lado, él quiere que la gente crea en doctrinas que parecen agradables pero que finalmente nos desorientan en las tinieblas espirituales (Col. 2:8). El diablo sabe que el evangelio o buenas nuevas del reino de Cristo es su perdición, y por eso él tiene sus ministros que propagan evangelios trucados o distorsionados para que la gente no se salve, creyendo en mentiras. Y es que creer en un evangelio falso o espurio es peligroso, porque un evangelio distinto, y un Cristo diferente, no sirven para una profunda conversión y un genuino arrepentimiento. Es como tomar una receta para la tos cuando en realidad uno necesita una receta para la gastritis.
Cristianos que se creen reyes en función
Así que el castigo de Cristo será severo para todos aquellos que no quisieron tener a Cristo como su rey y Mesías para esta vida y la venidera. Desafortunadamente, millones de personas quieren construir su propio reino ahora, con muchas riquezas, poder y fama. Estas personas no necesitan que nadie los gobierne, porque ellos se creen ya reyes en pleno ejercicio de su autoridad. Este espíritu engañoso embargó también a ciertos discípulos del Señor en Corinto, en el primer siglo, cuando buscaron reinar en este mundo malo, y no esperar por el venidero. Dice Pablo: “Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros REINÁIS. ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros!”. Aquí el apóstol se torna irónico con aquellos que querían vivir una vida de goces y de poder, mezclándose con el mundo. Estos discípulos habían malentendido el espíritu del reino de Cristo, y habían caído en una decepción satánica. No entendieron que el llamado de Cristo era para participar en un reino futuro, de origen celestial o divino, y no de uno de hechura carnal y humana. Ellos habían olvidado que era a través de muchas tribulaciones que entrarían en el reino de Cristo (Hechos 14:22).
La decapitación de los que no quieren el reinado de Cristo
Entre sus pintorescas parábolas del reino, Jesús pronunció también aquella de las Diez Minas (Lucas 19), la cual nos descubre el galardón que recibirán sus servidores si buscan primeramente el reino de Dios y su justicia, y trabajan para este objetivo denodadamente. En ella se nos revela que el mismo Jesús dará a sus siervos fieles autoridad real sobre las naciones de la tierra, en función, por supuesto, de lo que ellos hayan producido durante su ausencia. Los que más han reproducido sus minas encomendadas, más autoridad y poder recibirán en el mundo del mañana, en la era del reino. Pero todos aquellos que no quisieron saber nada de aquel reino mesiánico del futuro, y se opusieron a él, serán destruidos por orden del Mesías reinante. Esta es la sentencia de Jesús para con todos sus opositores que le rechazaron en esta vida como su Rey y Mesías: “Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y DECAPITADLOS delante de mí (Lucas 19:27).